Bostezo aburrido, solo es la imagen de siempre. Damas y Caballeros bailando al son de una música harto conocida por todos, siempre la misma melodía, en el mismo momento, para los mismos oyentes.
Me ajusto algunas piezas de armadura y la capa, tengo que dar buena imagen a fin de cuentas, soy su protector, el caballero armado hasta los dientes que trabaja mientras ellos se divierten en sus bailes, juegos de corte y demás idioteces nobles. Ellos se creían superiores a los demás, su poder venia de un poder divino, tenían derecho a hacer lo que quisieran sin que nadie pudiera reprocharselo en absoluto.
La amante del Rey bailaba en actitudes cariñosas con el Barón, mientras el Rey en la lejanía miraba con una mezcla de celos, asco y diversión en sus ojos. Era un baile oficial, por lo que su deber era bailar con la Reina.
Solo yo me percate de la sombra que paso como una flecha por los arcos de la sala del trono, solo yo la vi pararse y observar a los bailarines. Lleva una mascara como las que se suelen llevar en carnaval, una mascara con una sonrisa macabra.
La primera en caer es una condesa, un dardo en el cuello y se desploma, sin vida. Luego, las luces se apagan, las oscuridad y el pánico se apoderan de los presentes. No me preocupo, sabia que este momento llegaría, incluso disfruto de la ironía. Esta gente lleva años tras sus mascaras de corrección y buenos modales, y ahora su verdugo sera un enmascarado, que apropiado.
Los gritos llegan a mis oídos como una melodía macabra, no disfruto de ellos, tampoco me asquean, simplemente no me producen ningún sentimiento, solo pienso, que necesito nuevos amos que me den mi paga.
Una a una, las vidas llegan a su fin por la mano del enmascarado.
Se hace el silencio, solo se escucha una respiración entrecortada en la sala, las luces se encienden ofreciendo un espectáculo bizarro y sangriento, nobles por doquier, degollados, apuñalados, empalados, estrangulados. Solo queda uno vivo, el Rey. Al verme se arrastra penosamente hacia mi y, aunque en otro tiempo lo respete y admire, ahora me da lastima, vergüenza y asco. El enmascarado no se molesta en seguirlo, me mira reparando en mi por primera vez. No es de extrañar, porque se fijaría en mi nadie, solo son un escudo viejo.
-Por favor- me suplica el rey- salva mi vida, te daré oro, tanto como puedas soñar, pero no dejes que muera, alguien como yo no puede morir.
No contesto, desenvaino la espada y me dirijo a el, con paso fúnebre, lo hago aposta, para un momento de atención que tengo, quiero aprovecharlo. Llego hasta donde el Rey esta tumbado y lo miro a los ojos.
-Jaque- levanto la espada y me dispongo a hundirla en su cabeza-Mate-
El Rey, ha muerto.
miércoles, 10 de agosto de 2011
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